Yo tenía la
mirada en el horizonte. La mantuve firme durante un tiempo, pues cuando
estudiaba en la Facultad de Ingeniería Mecánica y Eléctrica un amigo mío
siempre mantenía su mirada hacía al horizonte y decía cosas como “¿ya viste a ese
gato?”, cuando nadie había visto ninguno, pero era porque el gato estaba más
lejos de lo que nuestros ojos acostumbraban a ver, escondido en el horizonte, en un árbol lejano.
Oscar pudo haber sido todo un visionario. A él le iba bien en la escuela, a mí
no tanto, pero siempre me explicaba todo lo referente a las clases y entonces
yo podía aprender más.
“Va a
llover al rato, mira esa nube” decía, y nadie lo creía porque el sol golpeaba
fuerte nuestros rostros, pero sin embargo el seguía viendo al horizonte, más allá
de nuestro ego, un poco más lejos de nuestras preocupaciones. Naturalmente,
llovía unas horas después de que Oscar lo dijera.
Aprendí con
el tiempo a seguirle el paso y ver al horizonte, pero yo nunca lograba ver
mucho, aunque, me encantaba observar el paisaje y los árboles, esos que se
amontonan a lo lejos y se enfrentan al sol, esos que por estar más altos le
hablan de cerquita a la luna. A veces con los cables de luz de los postes de
las calles, me gustaba encerrar en perfil esos paisajes, como si los cables
hicieran un marco para esta vista que, a mis ojos, no era perfecta, pero en una
ciudad como Monterrey, te trae un poco de calma.
Aquel día
fue un día distinto. Lo decidí desde que desperté por la mañana. A pesar del
trabajo y todo lo referente a la rutina, decidí salir a caminar un poco. Anduve
por la colonia La Purísima y me detuve un rato a contemplar la fuente. Recuerdo
haber enviado un mensaje de texto a alguien “¿adivina en dónde estoy?” y le
envíe una fotografía de la fuente del centro de la plaza principal. “Estás en
Guadalajara?” me respondió y yo me eche a reír, pues pienso que de una ciudad
como la de Monterrey a una como la de Guadalajara hay un camino muy largo de
diferencia. A mí me ha gustado más la segunda que en dónde vivo, más no sé si
viviendo en Guadalajara diría lo mismo. Uno no siempre sabe valorar lo que tiene.
Aquella vez
hacía mucho calor. Me detuve a comprar una malteada de nieve y un hotdog,
aunque no tenía hambre, sólo antojo. Recuerdo bien todo eso. Yo estaba pensando
en el pasado como es habitual, y como es habitual cuando uno se mezcla tanto
con el pasado, entran a veces unas ganas muy sutiles de echarse a llorar. Yo
nunca lo hago, nunca le lloro al recuerdo, pero si lo tengo en un pedestal. Me
pregunto si habrá personas que se sientan de la misma manera, o si habrá
personas que completen el ritual nostálgico y terminen llorando. ¿Quién sabe?
Era
alrededor de las 10:00 pm y yo andaba por Matamoros. Me detuve en Lumen y seguí
caminando, bajé hasta el merito centro y ahí me detuve un rato más. Cuando me cansé
y tuve suficiente de mi cansancio (más no de mi soledad) decidí tomar un Uber para
ir a casa. Yo no sé ubicarme muy bien en la rosa de los vientos, así que me
limitaré a decir que pienso que vivo al sur de la ciudad. Siempre he creído eso
toda mi vida y lo seguiré creyendo. Quizás siempre tuve una preferencia por la
palabra “sur”, la verdad no lo sé, pero creo que es válido decirlo aun así no
sea verdad. Tome un carro desde el centro en donde está la gran “M” hacia el sur
de la ciudad.
Hacía calor
y sudaba un poco, solamente quería subir a la comodidad de un auto con aire
acondicionado. Aquella vez viaje con el conductor “Leonardo” y su auto era un Chevrolet,
pero no recuerdo el modelo. Me subí en la parte trasera detrás del conductor
pues nunca he preferido ser el copiloto. Leonardo intento inútilmente darme
platica, pues yo no tenía muchas ganas de hablar. Me dijo que él estudio
Ingeniería Química, pero que estaba ahorrando para un negocio. Pensar en la
facultad me hizo recordar a mis excompañeros, pues no he vuelto a ver a muchos
de ellos. No sé si se habrán casado, o tendrán hijos, o si son felices, si
estudiaron otra carrera. No lo sé. Me
entraron ganas de ver al horizonte.
“Te gusta
esta música o la cambiamos?” me dijo Leonardo, y yo sentía mucho calor, pues el
conductor llego con los vidrios abajo y me dio pena decirle que encendiera el
clima. Le dije que la música estaba
bien, pero realmente para mí no lo estaba. Seguí viendo el horizonte. Pasamos
la corona grande del restaurante que esta por la macro plaza, y el museo de
arte contemporáneo, ese que el Arquitecto Legorreta hizo hace mucho tiempo, y
cuyos espacios en el interior me hicieron asustarme cuando fui por primera vez
en una visita escolar de niño. (¿Conocen el cuarto Obscuro de MARCO?).
Seguí
viendo el horizonte, el pecho me ardía y me di cuenta de que el calor que
sentía era por mi corazón y no por el clima…
“Voy a vender
equipo de laboratorio” … mechero, esposa, hija, “me agüité”, Rihanna, radio…
De su plática
intermitente no entendí mucho. No le preste atención.
Leonardo,
espero puedas disculparme, pero en aquella ocasión estaba viendo al horizonte y
me ardía el pecho.
Estaba
sudando y tenía calor. Tenía yo que seguir viendo al horizonte, pues entonces
apareció.
A la altura
de fundidora, cuando tú vas por Morones Prieto, justo sobre la nave industrial
que ahora es un museo, ese que está en el interior del parque, vi salir una luz
como un relámpago dorado. Me asusté bastante de entrada, pues creí que se había
quemado algo en lo alto del horno, pero después todas las luces nocturnas de
colores que adornan al horno siguieron como si nada. Por unos minutos, después
del relámpago, la luz desapareció, pero yo mantuve mi mirada al horizonte. Le
dije a Leonardo que si había visto la luz y me dijo que si había alcanzado a
verla. Unos minutos después, y sobre el río de santa Catarina, vi la luz de
nuevo y era tenue, pero de un brillo dorado excepcional, era como un aura, o
como una energía, era como un truco de magia, o de ciencia ficción, y yo me quedé
atónito, pues mi pecho comenzó a arder en remolinos internos, y mis recursos internos
no me dieron para más que observar.
“Es un
ovni!” dije y Leonardo se estremeció, “esos no existen!” me dijo.
Pero yo lo
vi, y estoy seguro de que esa luz me vio, pues estaba herida y quizás
necesitaba a alguien que creyera en ella y en el horizonte. Y yo creí tanto en
esa luz que comencé a dudar si todo lo que pasaba era real. Esa pequeña luz se tambaleaba en el viento,
pero no volaba, flotaba diría yo, como estática, pero a una velocidad que era
rápida para ir a 80 km/hora en Morones Prieto. Le pedí al conductor que se
acercara al carril exprés, y Leonardo lo hizo. Y entonces baje más el vidrio y
saque medio cuerpo y le hice una señal a la luz, le apunte hacía mi hogar.
Pienso que el conductor se molestó un poco, pero yo creo que, si vio la luz,
pues iba asustado, iba nervioso, y además le bajo a la horrible música que
sonaba en radio.
Pasamos el
metro que da hacia la estación “Y Griega” y yo seguía haciendo una señal con mi
mano izquierda, indicándole la dirección de mi hogar. La luz de alguna manera
asintió y me siguió. Así que trate de calmarme pues no quería crear una situación
incómoda, y confiando en que la luz me seguiría, me volví a acomodar dentro del
auto, y le saqué platica al conductor. “Debió ser un globo. A veces los prenden
en parque fundidora o chavitos que juegan en el río santa Catarina, por eso
luego se queman los árboles” y yo le dije que si a todo.
Subió la
música de nuevo un poco, y a punto de subir en la avenida Azteca, volví a bajar
el vidrio polarizado y vi que la luz efectivamente seguía el auto, pero esta
vez era una luz menos dorada, más pequeñita. Sentí que me quería desmayar. A
como pude saque mi mano derecha y como haciendo señales de tránsito, creí
pedirle a la luz que aguantara un poco más y me siguiera. Derecho unos 5 km,
dos a la derecha, a la izquierda y a la derecha. Entro el auto a la cuadra de
mi casa y vi caer como una estrella fugaz esa luz sobre las casas de mis
vecinos, y entonces me entraron unas ganas enormes de vomitar. Estoy seguro de
que Leonardo también lo vio pues estaba sudando y seguía nervioso mientras
detenía el carro para que me bajara. “Buenas noches y con cuidado señor” me
dijo un poco pálido. Me bajé del auto y todo estaba apagado en mi casa, pero
desde la ventana vi el pasillo iluminarse un poco. Yo no aguantaba mucho el
temor que sentí, y de alguna forma sentí muy caliente mi hogar, de alguna
forma, todo era cálido. Abrí la puerta y entré despacio. Los perros no hicieron
ruido, no corrieron a recibirme como es usual en ellos. Que calor sentía, mi
pecho era el que iba a reventar, sentía que se me iba a salir el corazón por la
boca. Dejando todo en el pasillo camino a mi habitación, pude verlo. Sobre el
piso de mi cuarto, estaba tirado un reptil grande, como de 3 metros de largo.
Estaba sangrando, la cola dorada, naranja y amarilla tendida, estirada sobre mi
cama. Estaba herido, las escamas estaban secas. Juro que lo que vi fue
inexplicable, pero era más inexplicable lo que sentí. Había sangre por todo el
cuarto. Los perros siquiera entraron a la habitación, se quedaron afuera, como
si conocieran al dorado reptil que había entrado por mi ventana.
Entendí que
era mi deber ayudarlo, así que agarré una toalla y lo comencé a limpiar. Limpie
la sangre que podía de sus expresivos ojos rasgados. Echaba agua en las
heridas, pero no dejaban de sangrar. Nunca había sentido tanto temor. Era el
temor a lo desconocido, pero una fuerza me hizo saber que era necesario que me
esforzara por superar todo ese sentimiento y cuidar de ese dragón. El animal
comenzó a retorcerse y yo me eche a llorar, pues su sufrimiento de pronto era
el mío, y su tristeza era la mía. Esta criatura me dijo “Entiérrame, y cuando
lo hagas, volverás a la vida”. De pronto todo se tornó obscuro y cuando
desperté, estaba en medio del cuarto y me sentía muy cansado. Toda luz dorada,
las manchas de sangre, la bestia, todo había desaparecido. Sé muy bien lo que vi, y sé que existe algo
que no he enterrado del todo. Desde entonces me la he pasado cansado, siempre
queriendo dormir. Me cuesta mucho trabajo confesarlo. Desde entonces, me ha
costado mucho volver a ver al horizonte.